El director de escena
El Duque de Strada tenía, a la vista de todos, poco de que quejarse en su condición actual. Recién había heredado un título que le garantizaba una cuantiosa renta fija y un lugar clave en los eventos sociales de mayor prestigio en la isla. Aprovechándose de sus nuevas propiedades y nombre, Serge de Strada fundaba hacía un año el primer Club social de la isla llamado el Worcestershire All England Club empleando el nombre de la provincia británica común a los antepasados de varios de los nobles que vivían aún en ella. El Worcestershire era un éxito inmediato en parte gracias a los novedosos espacios para practicar el jeu de paume, deporte en que el Duque había demostrado destacar y que se volvió popular pronto entre los miembros del Club como el Conde de Pokosho.
Si, había sido un buen año para el Duque Serge y así lo habrían constatado todas aquellas personas que le vieran desfilar juntos a sus iguales por los lustrosos salones del Worcestershire. El reflejo de su alegría en los salones de espejos y en el oscuro y brillante granito no dejaba lugar a dudas ante la sociedad de la isla que el Duque de Strada disfrutaba con pasión cada gota de su bienaventurada suerte. Nadie dudaba y en esa convicción que Serge conocía radicaba la única verdadera alegría que aún albergaba en su alma pues ello le confirmaba que si bien su pasión le estaba negada, aún podía practicarla a través de la permanente actuación.
Serge de Strada, quien en público se mostraba alegre y lozano, en privado lamentaba su destino impuesto y encontraba la catarsis en la misma pasión prohibida que aquejaba y entusiasmaba al mismo tiempo su mente agonizante. No había justicia, pensaba, si aquello que más procura plenitud al alma del hombre y mueve la maquinaria de sus deseos y anhelos, sólo podía practicarse en la soledad y en el secreto sin poder compartirlo con aquellos a quienes ama. Y no había justicia para Serge de Strada pues su pasión por la música y el teatro eran, en su mundo, considerados meros entretenimientos más nunca profesiones respetables en el mundo que le tocó criarse.
Durante mucho tiempo el Duque de Strada recurrió a su ingenio para procurarse escapes del constante escrutinio social y practicar su pasión en secreto. Sin duda había sido difícil privarse a veces durante varias semanas de aquellos cortos pero apetecibles momentos en que podía olvidarse de la superficial agitación exterior y dedicarse a su realización. La necesidad de aprovechar esos pequeños espacios de tiempo que podía a veces procurarse le permitieron, con el tiempo, desarrollar la habilidad de encontrar rápidamente la inspiración y concentración necesarias para avanzar velozmente en sus proyectos. Gracias a la dedicación y pasión con que emprendía cada nueva obra, Serge de Strada se había convertido pronto en un autor prolífico llegando a acumular un total de quince novelas y tres obras de teatros en los últimos dos años. La satisfacción del Duque desde hacía un tiempo ya no se encontraba en el beneplácito de ver que su obra era disfrutada y laureada pues el total de su producción era sólo conocida por él. La resignación a su suerte le permitía encontrar realización no en compartir su obra sino en reconocer en sí mismo su talento al observar que a pesar de sus limitaciones era capaz de crear piezas completas y que a pesar de haber abordado ya tantos temas aún sentía que su mente daba para crear mucho más.
La familia del Duque no podría considerarse como un obstáculo para la dicha de Serge pues sus intenciones hacía él nunca fueron de desprecio o negación. Sin embargo, había llegado a concluir Serge, a veces en el amar y en el esperar lo que creemos mejor para quienes amamos los llevamos inevitablemente a la frustración y la limitación. No es necesario obrar con mala intención para causar malos efectos, y si bien el Duque nunca hubiera culpado a su familia o amigos por su desdicha, no podía evitar pensar que de haberle el destino designado otro sendero en su vida sus pasiones y profesión se hubieran encontrado idealmente y habría tenido la realización al alcance en su vida.
Era curioso sin embargo, incluso para el Duque, que la mayor preocupación y distracción que encontraba en su vida y que le generaba temor era su deseo reprimido por practicar abiertamente una profesión negada cuando en realidad un secreto más íntimo y oscuro se albergaba en su persona. No había sido hasta hace poco tiempo que las circunstancias de su vida se transformaron notablemente que el Duque había tenido tiempo de ocupar su mente en esa sombra de su ser que conscientemente prefería ignorar esperando que la negación provocara su desaparición.
Con la fundación del Worcestershire Club, Serge de Strada había adquirido no sólo reconocimiento y una agitada vida social. Además de las consecuencias evidentes para el resto de la sociedad que le rodeaba, el Duque había conseguido un pretexto ideal para alejarse de su hogar y requerir privacidad argumentando el cumplimiento de sus nuevos deberes administrativos. Discretamente para evitar levantar sospecha alguna, Serge de Strada había conseguido exitosamente hacerse de un despacho privado en un ala solitaria de las instalaciones del Worcestershire a la que el acceso estaba restringido para el personal que ahí laboraba y que mostraba poco o nulo interés en las actividades del Duque fuera del ambiente Club. No era difícil ocultar sus piezas literarias entre los montones de documentos administrativos y de cuentas que decoraban los estantes de su oficina, incluso el Duque consiguió introducir en el centro de su despacho un modelo a escala del Teatro la Ópera Nacional con el pretexto de estudiar la posibilidad de fundar una réplica del mismo en la isla. Cuando nadie molestaba al Duque con impertinencias salariales o con quejas del comportamiento de los empleados o los mismos miembros del Club, en la maqueta del Duque se desarrollaban pequeños esbozos de óperas y piezas teatrales en las que Serge de Strada imaginaba como serían sus obras de poder dirigirlas alguna vez.
Debida a su nula educación profesional se habría podido decir que la dirección de escena del Duque carecía de técnica, pero aún el más versado en las artes escénicas habría de admitir que desbordaban en pasión, a veces casi infantil.
Esta mañana el Duque había llegado antes de lo acostumbrado a su despacho en el Worcestershire Club esperando evitar encontrarse con miradas en su persona y en la carga que pretendía recoger de su oficina. Apenas saludando con secos gestos a los empleados que encontraba, el Duque entró antes del alba a su despacho y sin titubeos se dirigió a una repisa en que descansaban los reportes financieros del Club, además del libro que el Duque tomaba en ese momento que no podía ser más diferente de los documentos que le rodeaban. Sabiendo que encontraría pero aún así abriendo la cubierta del libro en su poder para deleitarse con la visión, el Duque leyó para sí el título de la obra que terminaría el anonimato de su autor: “La Revelación por Serge de Strada”. No era de ninguna forma coincidencia que el título se relacionara con el propósito de la obra, sin embargo el Duque sabía que había una segunda razón además de la obvia para elegir ese nombre para su obra.
Sonriendo de satisfacción por confirmar que a pocas horas del tremendo escándalo que le aguardaba conservaba el valor para llevar a término su plan, el Duque cerró el libro y lo guardo en un bolso de fina piel para salir a paso apresurado del despacho en que ya amanecía.
-Le daremos al más fino público de esta isla un espectáculo de tres actos, ya decidir si será drama o comedia lo sabremos hasta que la obra termine- pensó Serge de Strada mientras volvía a su residencia a preparase para el primer acto de esa tarde, la boda de su amiga, la Marquesa Sissi.
lunes, 11 de mayo de 2009
domingo, 10 de mayo de 2009
Capítulo III - El baño de jazmín, agua tibia y recuerdos
Capítulo III
El baño de jazmín, agua tibia y recuerdos
El baño de jazmín, agua tibia y recuerdos
-¡Necesito que ese vestido quede listo para dentro de una hora!- se escuchó gritar a Doña Romero desde su habitación antes de que de la misma saliera presurosa una joven señorita llevando en brazos lo que parecería un tesoro por el cuidado que daba a su carga.
Doña Romero no era como el resto de las damas con la que diario se codeaba y su costurera lo sabía muy bien, por ello comprendía la preocupación de su señora porque todo fuera perfecto esa velada, y el vestido era pieza fundamental para asegurar tal éxito. La fiesta nupcial de los Ibarra era en la isla un evento social de difícil repetición dada la cada vez más escasa población noble desplazada cada vez más de los mejores sitios por una creciente oleada de burgueses que, si bien carecían del abolengo del apellido, superaban a los duques, marqueses, condes y vizcondes en fortuna y propiedades.
Doña Romero era consciente perfectamente de la situación social de la isla perteneciendo ella misma a esta segunda clase pues su marido, Don José Fernando Romero y Villegas Icaza, había tiempo atrás construido una fortuna prestando servicios de construcción y obra pública a los gobernadores de la misma. Recientemente Don José Fernando Romero había recibido el nombramiento de Caballero por los servicios prestados a la Corona, una distinción que le separaba favorablemente del común de la clase burguesa pero no garantizaba ser acogido en el seno de los frívolos y cerrados salones nobles, aún en esta isla tan apartada de lo que todos añoraban como la “civilización”.
El último bastión de nobleza en la isla lo integraban los Ibarra y sus amigos más cercanos, algo que difícilmente resultaba consolador para Doña Romero desde que escuchó de voz de su mucama que en el mercado se comentaba que Francisca, el ama de llaves de la Marquesa Sissi, había pasado las últimas semanas saldando las deudas de la familia y evitando contraer nuevos créditos. Lo que en otros círculos se entendería como una operación común de saldo de cuentas, en el mundo de los hombres y mujeres que asumen como un honor para sus acreedores el tener a tan nobles personajes como deudores era sin duda una señal inequívoca de que los Ibarra planeaban unirse a la bandada de grandes apellidos que habían abandonado la isla. Doña Romero tenía pocas oportunidades pues para marcar su recuerdo en tan nobles mentes, y se disponía a hacerlo con candente fierro.
Sin embargo, de haber sido el sorprender e impactar en un evento social lo único que preocupaba a Doña Romero esa mañana sus pesares hubieran sido menores y al menos habría conciliar el sueño la noche anterior. No, Doña Romero tenía una preocupación más severa. Doña Romero sufría de ansiedad, temor, duda y emoción. Doña Romero sentía nostalgia de un pasado reciente y expectativa de un probable futuro. Doña Romero era incapaz de responderse si el deseo y el impulso vencerían el pudor y la moderación. Doña Romero temía y añoraba su visión, su imagen, su tacto, temblaba de solo imaginar el momento justo en que tuvieran que saludarse y enfrentarse por primera vez ante la mirada ignorante pero juzgadora del público.
Doña Romero temía pero ante todo ansiaba el encuentro con Madame Caroline d’Amezquite, la esposa del Consejero Real.
Cerca del puerto, en barco decorado de insignias reales Madame Caroline esperaba que su ayudante de cámara terminara de preparar su bañera. Madame d’Amezquite veía perdida en su mirada el agua vaciarse en la fina bañera de blanco mármol.
Habían pasado ya seis meses desde esa tarde, y no se habían visto desde entonces, y sin embargo para ambas mujeres separadas en la distancia más no en el pensamiento, el recuerdo del momento era tan prístino como el agua que corría ya por la bañera de cada una. El sonido del agua al precipitarse evocaba en sus mentes la memoria de la suave lluvia que bañaba y envolvía sus actos como un velo que invitaba a la intimidad. El tacto de la tibia agua en la que se sumergían acariciaba su impaciente piel con la calidez que esa tarde se procuraban una a otra consolándose de la fresca brisa. El aroma del jazmín que desde hace seis meses cada una conservaba en sus respectivos aposentos las remetía nuevamente a aquel campo de esas flores que esa tarde les sirvieron de lecho. La imagen era vívida, las emociones fuertes intensificadas por la imaginación idealizada y la expectativa del recuerdo que podría repetirse pronto. La timidez y el pudor, mitigadas por la privacidad del baño les permitieron paralelamente aunque distanciadas el sentirse en su propia piel como les hubiera gustado sentir a la otra. La intensidad de la emoción de quien toma lo que desea como prohibido elevaba el ritmo de…
-¡Madame! Monsieur desea saber si le acompañará a desayunar. ¿Qué debo decirle?- Preguntó dulcemente la doncella Rufie.
-Dígale que si desea esperarme diez minutos con gusto le acompañaré- Respondió apenas consciente de su inusual tono de voz Madame Caroline.
¿Cómo iba a saber Madame Caroline que al menos una de las participantes de su fantasía cinco minutos más de oportunidad para concluir el sueño?
Doña Romero descanso diez minutos más con la mente en blanco para después descansar sus pensamientos y prepararse para el brunch en casa del Duque de Strada.
Doña Romero no era como el resto de las damas con la que diario se codeaba y su costurera lo sabía muy bien, por ello comprendía la preocupación de su señora porque todo fuera perfecto esa velada, y el vestido era pieza fundamental para asegurar tal éxito. La fiesta nupcial de los Ibarra era en la isla un evento social de difícil repetición dada la cada vez más escasa población noble desplazada cada vez más de los mejores sitios por una creciente oleada de burgueses que, si bien carecían del abolengo del apellido, superaban a los duques, marqueses, condes y vizcondes en fortuna y propiedades.
Doña Romero era consciente perfectamente de la situación social de la isla perteneciendo ella misma a esta segunda clase pues su marido, Don José Fernando Romero y Villegas Icaza, había tiempo atrás construido una fortuna prestando servicios de construcción y obra pública a los gobernadores de la misma. Recientemente Don José Fernando Romero había recibido el nombramiento de Caballero por los servicios prestados a la Corona, una distinción que le separaba favorablemente del común de la clase burguesa pero no garantizaba ser acogido en el seno de los frívolos y cerrados salones nobles, aún en esta isla tan apartada de lo que todos añoraban como la “civilización”.
El último bastión de nobleza en la isla lo integraban los Ibarra y sus amigos más cercanos, algo que difícilmente resultaba consolador para Doña Romero desde que escuchó de voz de su mucama que en el mercado se comentaba que Francisca, el ama de llaves de la Marquesa Sissi, había pasado las últimas semanas saldando las deudas de la familia y evitando contraer nuevos créditos. Lo que en otros círculos se entendería como una operación común de saldo de cuentas, en el mundo de los hombres y mujeres que asumen como un honor para sus acreedores el tener a tan nobles personajes como deudores era sin duda una señal inequívoca de que los Ibarra planeaban unirse a la bandada de grandes apellidos que habían abandonado la isla. Doña Romero tenía pocas oportunidades pues para marcar su recuerdo en tan nobles mentes, y se disponía a hacerlo con candente fierro.
Sin embargo, de haber sido el sorprender e impactar en un evento social lo único que preocupaba a Doña Romero esa mañana sus pesares hubieran sido menores y al menos habría conciliar el sueño la noche anterior. No, Doña Romero tenía una preocupación más severa. Doña Romero sufría de ansiedad, temor, duda y emoción. Doña Romero sentía nostalgia de un pasado reciente y expectativa de un probable futuro. Doña Romero era incapaz de responderse si el deseo y el impulso vencerían el pudor y la moderación. Doña Romero temía y añoraba su visión, su imagen, su tacto, temblaba de solo imaginar el momento justo en que tuvieran que saludarse y enfrentarse por primera vez ante la mirada ignorante pero juzgadora del público.
Doña Romero temía pero ante todo ansiaba el encuentro con Madame Caroline d’Amezquite, la esposa del Consejero Real.
Cerca del puerto, en barco decorado de insignias reales Madame Caroline esperaba que su ayudante de cámara terminara de preparar su bañera. Madame d’Amezquite veía perdida en su mirada el agua vaciarse en la fina bañera de blanco mármol.
Habían pasado ya seis meses desde esa tarde, y no se habían visto desde entonces, y sin embargo para ambas mujeres separadas en la distancia más no en el pensamiento, el recuerdo del momento era tan prístino como el agua que corría ya por la bañera de cada una. El sonido del agua al precipitarse evocaba en sus mentes la memoria de la suave lluvia que bañaba y envolvía sus actos como un velo que invitaba a la intimidad. El tacto de la tibia agua en la que se sumergían acariciaba su impaciente piel con la calidez que esa tarde se procuraban una a otra consolándose de la fresca brisa. El aroma del jazmín que desde hace seis meses cada una conservaba en sus respectivos aposentos las remetía nuevamente a aquel campo de esas flores que esa tarde les sirvieron de lecho. La imagen era vívida, las emociones fuertes intensificadas por la imaginación idealizada y la expectativa del recuerdo que podría repetirse pronto. La timidez y el pudor, mitigadas por la privacidad del baño les permitieron paralelamente aunque distanciadas el sentirse en su propia piel como les hubiera gustado sentir a la otra. La intensidad de la emoción de quien toma lo que desea como prohibido elevaba el ritmo de…
-¡Madame! Monsieur desea saber si le acompañará a desayunar. ¿Qué debo decirle?- Preguntó dulcemente la doncella Rufie.
-Dígale que si desea esperarme diez minutos con gusto le acompañaré- Respondió apenas consciente de su inusual tono de voz Madame Caroline.
¿Cómo iba a saber Madame Caroline que al menos una de las participantes de su fantasía cinco minutos más de oportunidad para concluir el sueño?
Doña Romero descanso diez minutos más con la mente en blanco para después descansar sus pensamientos y prepararse para el brunch en casa del Duque de Strada.
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