Capítulo III
El baño de jazmín, agua tibia y recuerdos
El baño de jazmín, agua tibia y recuerdos
-¡Necesito que ese vestido quede listo para dentro de una hora!- se escuchó gritar a Doña Romero desde su habitación antes de que de la misma saliera presurosa una joven señorita llevando en brazos lo que parecería un tesoro por el cuidado que daba a su carga.
Doña Romero no era como el resto de las damas con la que diario se codeaba y su costurera lo sabía muy bien, por ello comprendía la preocupación de su señora porque todo fuera perfecto esa velada, y el vestido era pieza fundamental para asegurar tal éxito. La fiesta nupcial de los Ibarra era en la isla un evento social de difícil repetición dada la cada vez más escasa población noble desplazada cada vez más de los mejores sitios por una creciente oleada de burgueses que, si bien carecían del abolengo del apellido, superaban a los duques, marqueses, condes y vizcondes en fortuna y propiedades.
Doña Romero era consciente perfectamente de la situación social de la isla perteneciendo ella misma a esta segunda clase pues su marido, Don José Fernando Romero y Villegas Icaza, había tiempo atrás construido una fortuna prestando servicios de construcción y obra pública a los gobernadores de la misma. Recientemente Don José Fernando Romero había recibido el nombramiento de Caballero por los servicios prestados a la Corona, una distinción que le separaba favorablemente del común de la clase burguesa pero no garantizaba ser acogido en el seno de los frívolos y cerrados salones nobles, aún en esta isla tan apartada de lo que todos añoraban como la “civilización”.
El último bastión de nobleza en la isla lo integraban los Ibarra y sus amigos más cercanos, algo que difícilmente resultaba consolador para Doña Romero desde que escuchó de voz de su mucama que en el mercado se comentaba que Francisca, el ama de llaves de la Marquesa Sissi, había pasado las últimas semanas saldando las deudas de la familia y evitando contraer nuevos créditos. Lo que en otros círculos se entendería como una operación común de saldo de cuentas, en el mundo de los hombres y mujeres que asumen como un honor para sus acreedores el tener a tan nobles personajes como deudores era sin duda una señal inequívoca de que los Ibarra planeaban unirse a la bandada de grandes apellidos que habían abandonado la isla. Doña Romero tenía pocas oportunidades pues para marcar su recuerdo en tan nobles mentes, y se disponía a hacerlo con candente fierro.
Sin embargo, de haber sido el sorprender e impactar en un evento social lo único que preocupaba a Doña Romero esa mañana sus pesares hubieran sido menores y al menos habría conciliar el sueño la noche anterior. No, Doña Romero tenía una preocupación más severa. Doña Romero sufría de ansiedad, temor, duda y emoción. Doña Romero sentía nostalgia de un pasado reciente y expectativa de un probable futuro. Doña Romero era incapaz de responderse si el deseo y el impulso vencerían el pudor y la moderación. Doña Romero temía y añoraba su visión, su imagen, su tacto, temblaba de solo imaginar el momento justo en que tuvieran que saludarse y enfrentarse por primera vez ante la mirada ignorante pero juzgadora del público.
Doña Romero temía pero ante todo ansiaba el encuentro con Madame Caroline d’Amezquite, la esposa del Consejero Real.
Cerca del puerto, en barco decorado de insignias reales Madame Caroline esperaba que su ayudante de cámara terminara de preparar su bañera. Madame d’Amezquite veía perdida en su mirada el agua vaciarse en la fina bañera de blanco mármol.
Habían pasado ya seis meses desde esa tarde, y no se habían visto desde entonces, y sin embargo para ambas mujeres separadas en la distancia más no en el pensamiento, el recuerdo del momento era tan prístino como el agua que corría ya por la bañera de cada una. El sonido del agua al precipitarse evocaba en sus mentes la memoria de la suave lluvia que bañaba y envolvía sus actos como un velo que invitaba a la intimidad. El tacto de la tibia agua en la que se sumergían acariciaba su impaciente piel con la calidez que esa tarde se procuraban una a otra consolándose de la fresca brisa. El aroma del jazmín que desde hace seis meses cada una conservaba en sus respectivos aposentos las remetía nuevamente a aquel campo de esas flores que esa tarde les sirvieron de lecho. La imagen era vívida, las emociones fuertes intensificadas por la imaginación idealizada y la expectativa del recuerdo que podría repetirse pronto. La timidez y el pudor, mitigadas por la privacidad del baño les permitieron paralelamente aunque distanciadas el sentirse en su propia piel como les hubiera gustado sentir a la otra. La intensidad de la emoción de quien toma lo que desea como prohibido elevaba el ritmo de…
-¡Madame! Monsieur desea saber si le acompañará a desayunar. ¿Qué debo decirle?- Preguntó dulcemente la doncella Rufie.
-Dígale que si desea esperarme diez minutos con gusto le acompañaré- Respondió apenas consciente de su inusual tono de voz Madame Caroline.
¿Cómo iba a saber Madame Caroline que al menos una de las participantes de su fantasía cinco minutos más de oportunidad para concluir el sueño?
Doña Romero descanso diez minutos más con la mente en blanco para después descansar sus pensamientos y prepararse para el brunch en casa del Duque de Strada.
Doña Romero no era como el resto de las damas con la que diario se codeaba y su costurera lo sabía muy bien, por ello comprendía la preocupación de su señora porque todo fuera perfecto esa velada, y el vestido era pieza fundamental para asegurar tal éxito. La fiesta nupcial de los Ibarra era en la isla un evento social de difícil repetición dada la cada vez más escasa población noble desplazada cada vez más de los mejores sitios por una creciente oleada de burgueses que, si bien carecían del abolengo del apellido, superaban a los duques, marqueses, condes y vizcondes en fortuna y propiedades.
Doña Romero era consciente perfectamente de la situación social de la isla perteneciendo ella misma a esta segunda clase pues su marido, Don José Fernando Romero y Villegas Icaza, había tiempo atrás construido una fortuna prestando servicios de construcción y obra pública a los gobernadores de la misma. Recientemente Don José Fernando Romero había recibido el nombramiento de Caballero por los servicios prestados a la Corona, una distinción que le separaba favorablemente del común de la clase burguesa pero no garantizaba ser acogido en el seno de los frívolos y cerrados salones nobles, aún en esta isla tan apartada de lo que todos añoraban como la “civilización”.
El último bastión de nobleza en la isla lo integraban los Ibarra y sus amigos más cercanos, algo que difícilmente resultaba consolador para Doña Romero desde que escuchó de voz de su mucama que en el mercado se comentaba que Francisca, el ama de llaves de la Marquesa Sissi, había pasado las últimas semanas saldando las deudas de la familia y evitando contraer nuevos créditos. Lo que en otros círculos se entendería como una operación común de saldo de cuentas, en el mundo de los hombres y mujeres que asumen como un honor para sus acreedores el tener a tan nobles personajes como deudores era sin duda una señal inequívoca de que los Ibarra planeaban unirse a la bandada de grandes apellidos que habían abandonado la isla. Doña Romero tenía pocas oportunidades pues para marcar su recuerdo en tan nobles mentes, y se disponía a hacerlo con candente fierro.
Sin embargo, de haber sido el sorprender e impactar en un evento social lo único que preocupaba a Doña Romero esa mañana sus pesares hubieran sido menores y al menos habría conciliar el sueño la noche anterior. No, Doña Romero tenía una preocupación más severa. Doña Romero sufría de ansiedad, temor, duda y emoción. Doña Romero sentía nostalgia de un pasado reciente y expectativa de un probable futuro. Doña Romero era incapaz de responderse si el deseo y el impulso vencerían el pudor y la moderación. Doña Romero temía y añoraba su visión, su imagen, su tacto, temblaba de solo imaginar el momento justo en que tuvieran que saludarse y enfrentarse por primera vez ante la mirada ignorante pero juzgadora del público.
Doña Romero temía pero ante todo ansiaba el encuentro con Madame Caroline d’Amezquite, la esposa del Consejero Real.
Cerca del puerto, en barco decorado de insignias reales Madame Caroline esperaba que su ayudante de cámara terminara de preparar su bañera. Madame d’Amezquite veía perdida en su mirada el agua vaciarse en la fina bañera de blanco mármol.
Habían pasado ya seis meses desde esa tarde, y no se habían visto desde entonces, y sin embargo para ambas mujeres separadas en la distancia más no en el pensamiento, el recuerdo del momento era tan prístino como el agua que corría ya por la bañera de cada una. El sonido del agua al precipitarse evocaba en sus mentes la memoria de la suave lluvia que bañaba y envolvía sus actos como un velo que invitaba a la intimidad. El tacto de la tibia agua en la que se sumergían acariciaba su impaciente piel con la calidez que esa tarde se procuraban una a otra consolándose de la fresca brisa. El aroma del jazmín que desde hace seis meses cada una conservaba en sus respectivos aposentos las remetía nuevamente a aquel campo de esas flores que esa tarde les sirvieron de lecho. La imagen era vívida, las emociones fuertes intensificadas por la imaginación idealizada y la expectativa del recuerdo que podría repetirse pronto. La timidez y el pudor, mitigadas por la privacidad del baño les permitieron paralelamente aunque distanciadas el sentirse en su propia piel como les hubiera gustado sentir a la otra. La intensidad de la emoción de quien toma lo que desea como prohibido elevaba el ritmo de…
-¡Madame! Monsieur desea saber si le acompañará a desayunar. ¿Qué debo decirle?- Preguntó dulcemente la doncella Rufie.
-Dígale que si desea esperarme diez minutos con gusto le acompañaré- Respondió apenas consciente de su inusual tono de voz Madame Caroline.
¿Cómo iba a saber Madame Caroline que al menos una de las participantes de su fantasía cinco minutos más de oportunidad para concluir el sueño?
Doña Romero descanso diez minutos más con la mente en blanco para después descansar sus pensamientos y prepararse para el brunch en casa del Duque de Strada.
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