jueves, 30 de abril de 2009

Cápítulo II

La Duquesa Thepepan y el Conde de Pokosho
La Condesa Hazel de Thepepan tenía ya una hora despierta sin atreverse a levantarse de la cama por temor a despertar a su marido que descansaba a su lado. La Duquesa era joven e irradiaba una energía y dulzura que cautivaba tanto a sus iguales como a los sirvientes y villanos que encontraba a su paso. El Duque, su marido, por su parte era un noble señor que doblaba casi la edad de su mujer, de aspecto soberbio y seguro rara vez causaba empatía a las personas que se veían casi siempre forzadas a relacionarse con él. El notable contraste físico y de temperamento de la pareja no hacía más que confirmar lo evidente, que el matrimonio de los Duques de Thepepan no era para ellos, especialmente para el Duque, un mero trámite administrativo destinado en su momento a salvar su renombre uniendo su alcurnia con la vasta fortuna de los padres de su mujer. La Duquesa por su parte, no podía menos que sentir su unión marital como un trabajo de tiempo completo que requería de ella su buena cara pública aunque en silencia y en privado no dudara en mostrarse con su marido tan distante como una mujer lo haría con un compañero forzado de labores. Sin embargo pese al desinterés de la Duquesa en su unión marital, como la noble y educada dama que era no había hombre o mujer que la hubiera escuchado alguna vez quejarse de su situación. No lo había, hasta apenas una semana antes de la boda de la Marquesa Ibarra, y la Condesa desde hacía una hora no podía dejar de pensar en él.
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Fiel a su rutina, mientras las Condesa Hazel recordaba con melancolía los hechos de la semana anterior lejos en su residencia, el Conde Pokosho cabalgaba de regreso a su propio hogar después de haber concluido sus ejercicios matutinos. El Richard St. Peter de Pokosho procuraba siempre despertar antes del alba y trotar un rato a caballo por el valle cercano a su residencia, en ocasiones se unía a él una numerosa compañia de invitados y en esas ocasiones aprovechaban las primeras luces de la mañana para cazar algún ciervo que habría de servirse en la comida de ese mismo día.
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Aquella máñana sin embargo el Conde partió sólo una vez más como había hecho todas las mañanas de aquella semana. Buscaba estar en soledad con sus pensamientos para ver si de esa manera era más fuerte el recuerdo de aquella mujer que desde hacía unos días ocupaba la mayor parte de su pensamiento. No era su porte elegante, ni la dulzura de su voz, no era la fragilidad de un alma insatisfecha que se filtraba en ocasiones entre la corteza de un firme y seguro exterior, no. Algo en aquella mujer le mantenía cautivado desde el momento en que la Condesa Minerva les presentó en aquella reunión de damas hace una semana a la el Conde llegó por pura casualidad cuando se acerco a la residencia de la Marquesa de Ibarra buscando al prometido de esta para acordar un asunto de triviales negocios.
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Apenas siete días antes de la gran boda de la Marquesa Sissi, la Duquesa Hazel había pasado un fin de semana en casa de su amiga. El motivo, una reunión de las principales damas que habrían de tomar parte en los festejos de la boda de la Marquesa Sissi para acordar y definir los últimos detalles del enlace. La Condesa Minerva y la Duquesa Hazel eran grandes amigas desde su infancia habiendo pasado juntas gran parte de su juventud en un elegante pero solitario internado para señoritas en la región germana de Suiza. Por su parte, el Conde de Pokosho conocía bien a la Condesa Diana y a la Marquesa Sissi de tiempo atrás debido a la estrecha amistad que guardaba su familia con la familia de la Condesa y a la amistad del propio Conde con el prometido de la Marquesa, de modo que la inesperada visita que aquella tarde hizo Richard de Pokosho a la casa de Sissi no resultaba de ninguna forma especial, al menos en principio.
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Esa tarde mientras las damas debatían la secuencia de los eventos que habrían de preceder a la ceremonia religiosa con motivo del matrimonio de la Condesa Sissi, la joven Francisca se dirigió a la puerta para atender la visita del Conde Richard St. Peter de Pokosho. Francisca, conociendo bien al Conde y familiarizada con él dirigió a este a la presencia de su señora Sissi y del resto de las damas. Habiendo intercambiado las acostumbradas cortesías, la Condesa Minerva siendo la persona más cercana en relación con la Duquesa de Thepepan presentó a esta con su entrañable amigo. El impacto del encuentro fortuito no pudo pasar desapercibido para las damas que presenciaron el encuentro aunque, como debe hacerse ante lo inesperado, ninguna de ellas reaccionó en el momento con sorpresa ni lo comentaría después en público. El Conde no pudo evitar fijar su mirada en el rostro de la delicada dama que extendía su mano esperando el apropiado besamano de él, la Duquesa no puedo evitar sentirse atravesada por la firme mirada del caballero que se inclinaba sobre su muñeca delicadamente para mostrar su cortesía. Nunca antes, pensó la Duquesa después, su alma se había sentido tan expuesta en una expresión tan mínimamente verbal. Hazel de Thepepan no pudo evitar comparar para sus adentros ese momento con lo que ella pensaba debía sentir la mujer que decide voluntariamente pasar su vida junto a otra persona y la encuentra en el hombre que tiene enfrente. El Conde percibió por su parte en la mano de la Duquesa la dulce timidez de una joven que duda pero que goza del primer contacto con el caballero que toca por primera vez su alma y su corazón.
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El encuentro fue breve, muy breve pensarían después cada uno, pero no por ello menos impactante. La Duquesa, que fiel a su educación y el protocolo nunca habría de compartir en público o en privado su profunda insatisfacción, tuvo la certeza desde ese día que todos sus secretos habían sido revelados ante este caballero como si su más profunda y fuerte voz los hubieran gritado. El Conde sentía intriga por el torbellino de sentimientos y emociones que la imagen de aquella dama le causó, segura y al mismo tiempo dubitativa. La impresión en la memoria de ambos sólo acrecentaba el deseo permanente de los siguientes días porque llegara esta mañana que, como la Marquesa Sissi había comentado en su primer encuentro ambos personajes habrían de coincidir nuevamente en la gran celebración de esa tarde. Y las horas restantes para su encuentro se veían pasar más lentas que toda la semana anterior...

2 comentarios:

  1. Muy bien mi pequeño interdicto, me doy cuenta que sigues inspirado, sigue así y YO publico tú novela!!! jajaja

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  2. Y luego? También a ellos les dió Influenza o xq no continuaron su amor? O son infecto-contagiosos?
    ¿Se divorciará del Duque? Mejor aún ¿tendrá una relación adúltera con Richard St. Peter?

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